RECUERDOS DE LECÁROZ


Inaugurada esta sección para poner algo de humanidad a tanta fotografía y datos como hay en esta web vacía de personas y personajes (más centrada en temas arquitectónicos que personales) con el precioso relato que envía el ex-colegial José Daniel Turullols, como muestra de lo que hay que hacer para transmitir nuestras vivencias a los que desconocen la historia del Colegio, y para disfrute de otras personas y de otras generaciones de excolegiales.  


Que no se desanimen quienes no dominen la informática o la literatura, que cualquier aportación será bienvenida... textos o fotografías. Nota: sección pendiente de reorganizar al estilo "blog" para que cualquiera pueda aportar sus vivencias automáticamente y puedan ser comentadas por otras personas.



Recuerdos y testimonios de la década de: 1890

"Aunque se llevan gastados en la obra más de 100.000 duros, queda faena para no menos de tres meses" P. Llevaneras al párroco de Elizondo, 19/DIC/1890

"Considerando que dicho edificio no es ni puede ser una escuala seráfica, destinada sólo a fomentar las vocaciones de una naciente y reducida provincia, pues la extensión de su fábrica, el número de sus salas y celdas, la considerable amplitud de su fértil huerta, permiten y exigen un número de alumnos que sería más que suficiente para proveer a muchos noviciados, y no es posible que tantos alumnos presenten todos garantías de vocación taxativamente capuchina; visto que los grandísimos sacrificios hechos por los bienhechores han tenido por objeto algo y mucho más que la provisión de un simple y único noviciado, pues los fieles han querido con sus cuantiosas limosnas hacer obra de apostolado católico, uniendo a la vez en sus favores la vida religiosa y la apostólica,; y ambas a la enseñanza cristiana de los jóvenes del Baztán y valles vecinos... la Definición juzga deber de gratitud y de verdadera justicia e inevitable compromiso completar moralmente lo físicamente hecho". (Def. Prov. Capuchino reunido en el colegio. 13/OCT/1891)

"Demasiado ostentoso para Escuela Seráfica" P. Angel de Villava

"Regia morada o alcázar de magnates" calificó un periodista el "inmenso edificio"

Recuerdos y testimonios de la década de: 1900

Recuerdos y testimonios de la década de: 1910

Recuerdos y testimonios de la década de: 1920

Recuerdos y testimonios de la década de: 1930

Recuerdos y testimonios de la década de: 1940

Recuerdos y testimonios de la década de: 1950
Breves recuerdos de la década de los cincuenta - José Daniel Turullols
(Documento Word 1,8Mb)


Recuerdos y testimonios de la década de: 1960

El incendio de Lecároz - Luis Miguel de Les

El incendio se produjo la noche del 9 al 10 de diciembre de 1962, hacia las 23,30 ó 24 horas, es decir, en plena medianoche, con todo el mundo dormido tras un "puente", ya que la Inmaculada había caído en sábado y en aquella época dos días seguidos de plena festividad era todo un lujo. Como años después esa misma noche y casi a la misma hora tuve un accidente de coche, mi madre siempre decía que mucho Nuestra Señora de Loreto (10/DIC), Patrona de los aviadores, pero que esa fecha era aciaga para nosotros. A mí me despertó uno de los mayores, dando voces en el dormitorio. Ocupaba entonces una camareta próxima a la ropería, es decir, casi debajo de donde se estaba produciendo el fuego. Salimos de allí a la carrera, medio vestidos, no dándome tiempo siquiera a recoger un billete de 100 PTA, que, muy bien doblado, lo había dejado encima de la mesilla, mejor dicho, encima de una pequeña maleta de cuero que estaba sobre la mesilla. Todo se quemó. Bajamos al calzadero, donde el P. Melchor de Asiain (me parece que vestido de chándal, no con hábito) había organizado un perfecto dispositivo de evacuación, con toda la gente discurriendo en filas de salida hacia los frontones y una pequeña de regreso, con los mayores, a quienes se permitió fueran sacando cosas de las zonas menos expuestas. Pasamos un buen rato en el patio, viendo la progresiva ascensión de las llamas al cielo a través del tejado y la viva iluminación de las ventanas, acompañado todo de ruidos desconocidos para nosotros, como de explosiones sordas; pudimos contemplar la sucesiva llegada de los bomberos de Gorramendi (donde había un Escuadrón de Alerta y Control del Ejército del Aire, mixto USA-España), de los de Pamplona, Irún, San Sebastián, de la Diputación, etc... También veíamos andar con pasos de gigante y actuar a Fr. Martín, con botas de caucho de media caña y hábito levantado casi hasta la rodilla, capitaneando un grupo de americanos y "casheros" de la zona, que con hachas en la mano estaban practicando un cortafuegos para que que las llamas no alcanzaran el coro y la iglesia. Tiempo después nos llevaron a un convento de monjas en Elizondo, quizá se trataba de un hospital o asilo. No recuerdo haber dormido de dos en dos, pero sí desayunar café con leche en plato, dado que no había tazas para todos. A media mañana llegó mi padre desde Irún a recogerme. Cuando regresé a casa advirtieron entonces que estaba ¡sin calcetines! en pleno mes de diciembre. A partir de ahí, vacaciones anticipadas hasta después de Reyes.
 
Al regreso al Colegio nos esperaban en los frontones montones y montones de ropa, zapatos y otros enseres que, pacientemente, fuimos identificando y adjudicando en días sucesivos. En el período vacacional se había procedido a tapiar las ventanas de la parte afectada, levantar tabiques que separasen esas dos mitades suroeste del resto de edificios y, en general, a reubicar dormitorios, aulas y despachos. Tuvimos que acostumbrarnos a las nuevas instalaciones y a prescindir para siempre del magnífico recinto del aula magna (salón de actos, creo recordar se le llamaba, donde se leían mensualmente los máximos incompletos y algún que otro completo), archivo, ropería, parte de la sala de juegos, etc...
 
A la vuelta de los años encuentro providencial que casi todo el mundo resultase ileso. Pensemos que allí se alojaban cerca de trescientos alumnos y unos sesenta miembros de la Comunidad. Creo recordar que el P. Berardo de Aguaviva se hirió en el antebrazo derecho (debió ser profunda la herida, pues andaba todavía mucho tiempo después de nuestro regreso, en enero y febrero, con vendas en la muñeca). Me parece que también Fr. Martín, a fuerza de ir arriba y abajo con el hacha, se hizo daño, pero nadie más. Pérdidas materiales las hubo, pero no estábamos en épocas de reivindicaciones y no me suena que nadie aludiera a responsabilidades de la Organización o de compañías de seguros. Y si hubo indemnizaciones, no me consta alcanzaran a los alumnos...

El incendio - Joaquín Trecet

Paso a relatar el incendio según yo lo viví; yo era de los pequeños, tenía 9 años y dormía en la otra parte del dormitorio  de los mayores, nos separaban las escaleras que bajaban al calzadero y los wateres: Como muy bien dice Les, era  alrededor de la media noche, (justamente esa tarde habían venido casi todos de puente de la Inmaculada), yo no, pues era de Madrid y me había quedado con unos cuantos en el cole;  total que estábamos todos durmiendo, y de repente llega un cura dando palmas (no me acuerdo quién) y dice ¡¡¡vamos chicos, levantaros que se está quemando el colegio!!!, yo no me lo creí (pensaba que estaba de broma), creía que eran las 7 de la mañana, así que me vestí y cogí la toalla y la bolsa de aseo para ir a los lavabos, cuando pasé a la altura de los "wateres" camino de los lavabos, me quedé totalmente impresionado, pues al fondo, a la altura de la ropería, se veía un fuego impresionate, y todo el mundo corriendo,  bajando por las escaleras a los calzaderos hacia el patio y los frontones, volví a mi cama,  dejé la bolsa y la toalla y sin coger nada más salí disparado con lo puesto para los calzaderos y el patio con todos los demás; allí me acuerdo que estábamos en el frontón de la 5ª viendo como se quemaba el "cole", como si fueran fuegos artificiales. Es verdad como dice Les que había explosiones, parecía una película, había gente en el tejado con hachas haciendo un cortafuegos (vaya huevos), empezaron a llegar gente del valle y los bomberos.

A nosotros los "peques" como muy bien dice Les, nos llevaron con las monjas y dormimos dos en cada cama (yo me acuerdo que dormí con José Ignacio Badiola). Es increíble que me acuerde del nombre de con quién dormí, pero me acuerdo. Total que luego desayunamos y vuelta al "cole". Cuando llegamos, el fuego estaba totalmente apagado.

Para mí no acabó ahí la cosa, pues tenía que ir a mi casa en Madrid. A los de Madrid (que éramos dos o tres) nos metieron en un tren en Pamplona y con lo puesto, llegamos a Madrid por la mañana temprano, cogí un taxi (sin dinero), y para mi casa. Cuando llegué y mi madre me abrió la puerta, (serían las 9 de la mañana) exclamó sorprendida ¡¡¡te han expulsado del colegio!!!,  -no , no !! es que se ha quemado!! ...y baja, que hay que pagar el taxi... luego, tras llamar al colegio, comprobaron que efectivamente se había quemado... Mi familia debió alucinar al ver a un niño en pantalón corto, botas del baloncesto, y un jersey, con un lápiz, la pluma y la goma de borrar, en el bolsillo derecho del pantalón, por todo equipaje (ni que fuera un escritor).

Realmente, podía haber sucedido una catástrofe impresionante, un colegio todo de madera, ardiendo como una tea en medio de  los Pirineos a las 12 de la noche y sin bomberos cerca, con 300 chavales de 9 a 17 años corriendo de un lado para otro, (los curas debían de estar acojonados), pero por suerte no pasó nada y sólo se quemó una  pequeña parte.

A veces he pensado qué es lo que originó el incendio y tengo la teoría de que fue algún fluorescente de los que estaban pegados al techo, (hacía poco que los habían cambiado por las antiguas lámparas que colgaban), que se calentó y armó todo el  lío.

Bueno, a día de hoy, el colegio ya no existe, el muy Ilustre Gobierno de Navarra lo ha derribado, argumentado que estaba en estado de ruina, ¡qué gracia! ¡de ruina nada!, ¡¡ellos sí que son una ruina!! Yo he estado dentro el 14 de octubre y puedo certificarlo. Tenemos la peor clase política preparada de la democracia con diferencia. En Europa ni siquiera se hubieran planteado el derribarlo, (un edificio en perfecto estado del S. XIX, de piedra y madera), somos unos PALETOS y así nos luce el pelo.

Para mí es como si tirasen parte de mi infancia, pero bueno, me quedo con los recuerdos de los buenos "amiguetes", (esos no los pueden tirar) y la excelente educación que nos daban (quitando la religión, que se pasaban un "pelín"). Lo que más gracia me hace es que el fuego en su día no pudo con los muros de piedra, que han resistido en pie más de 40 años tras el incendio, y ha sido la mano del hombre quien los ha derribado. CUANTO NOS QUEDA QUE APRENDER........

Mi correo: charade@telefonica.net
Un saludo para todos los excolegiales
Joaquin Trecet

"Los niños del coro" - Luis Miguel de Les

Pertenecer al Coro del Colegio era uno de los privilegios de quienes en teoría teníamos mejor voz que otros, quizá más atiplada, pues lo de la voz, como sabemos, es producto de dilatados ensayos y en definitiva, de preparación, modulación y "trial and error", término que algunos aplican hoy en día a todo. Yo fui uno de esos afortunados..., aunque, bueno, ya veremos si de verdad era tanta la fortuna.
 
Solía venir el director del Coro a la sección, a rescatarnos de nuestras tediosas sesiones de estudio, allá en el último horario programado de ciertos días, normalmente hacia el fin de semana. Bajábamos, bien a los cuartos de la música, situados en un lateral del calzadero debajo de la Capilla de la Divina Pastora, donde cerca de media docena de pianos verticales aguardaban unas clases de ese instrumento que apenas se producían o bien íbamos a algún aula desocupada o, en ocasiones, a la propia iglesia a ensayar. El repertorio podía ser sacro o laico. Entre los primeros temas, no faltaba la "Misa de Angelis" con su Kyrie, Gloria, Credo, Sanctus, Agnus Dei e Ite Missa est; el "Veni, Creator Spiritus"; el "Dies iræ, dies illa"; el "Tantum ergo" o el propio Himno de la Madre del Buen Consejo, así como canciones al uso ("Cantemos al amor de los amores", "A quién tenéis guardado dentro del corazón" y varias más que el 'alzheimer' me impide recordar). Entre los segundos, siempre había alguna obrilla pseudoteatral, con partes cantadas, muy al uso de lo que se había venido haciendo en los seminarios capuchinos desde tiempo inmemorial ("Yo de mi majada el mejor cordero", etc...) o simplemente típicos de la zona y de la época, como el "Agur Jaunak" o el "El Monte Gorbea"; también recuerdo algunas bastante más prosaicas, como "Vamos a contar mentiras", "Alta y delgada", "El señor don gato", "Quisiera ser tan alta" o "La chata merenguera", entre otras. Los domingos y festivos, actuación estelar. Para nosotros, los cantores, en la iglesia era bastante más cómodo permanecer de pie prácticamente toda la Misa, a excepción del momento de la Consagración, que atenerse a la rígida liturgia tridentina, que requería permanecer de rodillas desde el Sanctus hasta después de la Comunión, además de algunos otros momentos que ya no recuerdo.
 
Pero, ¡ay Dios mío!, ahora llega la parte trágica de pertenecer al Coro. Los sucesivos directores no siempre se caracterizaron por su seráfica y pacífica mansedumbre, sino que el demonio (que, insisto, no sólo se dedicaba a lanzar piaras de cerdos cuesta abajo...) los hacía encolerizar a la mínima de cambio, es decir, en cuanto algun trino se salía del pentagrama o alguien había olvidado la letra, en tiempos en que el apuntador no existía, al menos desde una concha instalada "ad hoc" en la iglesia. Y ahí es donde se desataba la tragedia. Recuerdo en una ocasión en que debíamos interpretar algo que, seguro, no había sido debidamente ensayado y flaquearon los trinos, las letras o todo a la vez. El director en cuestión, de quien recuerdo perfectamente su nombre pero omito, pues desde su descansado refugio andaluz quizá pudiera interpretar mal mi buena memoria, se lió a guantazos ante nuestros desatinos, agitando rítmicamente los brazos con sus palmas extendidas, ora el izquierdo, ora el derecho, a ver a quién alcanzaba, mientras el Coro en pleno desplazaba sus cabezas ora a la derecha, ora a la izquierda, tratando de evitar el aluvión de "zartakos" que se le iba viniendo encima. Mientras tanto -prodigio de su portentosa voz- complementaba el fraile nuestros olvidos de letra y música con su aportación cantada fuera de programa, en medio del reparto "urbi et orbi" de bofetadas. Naturalmente, los de las primeras filas de la iglesia -el Coro solía situarse en el lateral izquierdo, junto a la puerta de acceso al interior del Colegio y sacristía- asistían entre atónitos y divertidos a la sarta de tortazos que se estaba repartiendo en tan sacro lugar. Los devotos asistentes del Valle algo intuían desde los bancos de atrás que no iba bien en ese súbito tránsito de los cánticos de voces atipladas a la de un recio varón roncalés, encima con un cierto timbre de cabreo en su interpretación. En fin, que en lo sucesivo nos quedó claro que había que aprenderse bien letra y música, so pena de exponerse a una ensalada de guantazos proporcionada "in situ", sobre la marcha, sin anestesia alguna y con independencia de encontrarnos en un lugar bendito.
 
Pero también tenía sus ventajas. En principio, pulular por la iglesia siempre traía consigo ciertas recompensas en forma de restos de vinajeras -creo recordar que había ocho altares laterales, además del mayor-, culos de botellas de vino de consagrar o lingotazos puros y duros a la garrafa que el sacristán, Fray Salvador de Lizarraga -fray tapón-, había olvidado guardar bajo llave; a veces, acompañado de una suculenta guarnición de restos de obleas -recortes de hostias- que reconfortaban y nos hacían olvidar a sus homónimas que hubieran podido ser repartidas, o estaban pendientes de repartirse, ante nuestros fallos. En segundo lugar, liberarnos del estudio debía tener la misma satisfacción que, seguro, tienen ahora los liberados de los sindicatos a la hora de dejar de ir a trabajar en beneficio del sindicalismo. Además, de vez en cuando había algunas gratificaciones adicionales, en forma de dispensas de actos bastante tediosos para los asistentes, en los que participábamos como cantores de una manera distendida e informal.
 
No hubo mejor fortuna con los sucesivos directores que fuímos teniendo, hasta llegar al P. Daniel de Estella, que, ya quizá por estar avanzado el decenio de los sesenta, no tenía por costumbre alargar la mano con la ligereza de sus predecesores. Ya comenté en alguna ocasión que en Lecároz se daba una generosa cultura de la mano ligera, en las versiones tortazo, coca, pellizco (el famoso "carrillazo", término de igual genuina patente lecarozista que la tortilla), borradorazo, mineralazo y algunas modalidades más, producto de la imaginación de muchos años de docencia y de tiempo libre para diseñar "herramientas" de disciplina acorde con los usos y costumbres de la época. Como entonces no había leyes de violencia de género, de número, de sexo o de condición (el "Fuero de los Españoles" no descendía a tales sutilezas), pues todos tan contentos. Además, ¿y el gozo que tenía esquivar ágilmente ese bofetón que veías venir cuando el profesor, al que habías exacerbado en su nivel nervioso hasta los mismísimos lugares impúdicos, se levantaba de su estrado y comenzaba a avanzar entre las filas haciéndose el desentendido, como si silbase mirando al cielo, pero presto a soltar su zurriagazo manual al pasar por tu lado? Si te apercibías de ello, justo en el momento que llegaba a tu altura, con toda flexibilidad doblabas el espinazo con un giro de noventa grados, rozando con la frente el suelo por el lado contrario del pupitre. Era totalmente imposible que te alcanzase... Y los tortazos sólo iban dirigidos a la cara o cogote, así que, protegiendo esas partes del cuerpo, el resto quedaba a salvo, pues cualquier golpe en otro lugar era sencillamente impensable: se castigaba la fuente de la masa pensante, no el cuerpo ejecutor, que era meramente un "mandao" de lo que ese cerebro, diseñado "ex profeso" para amargar la vida al profesor que se la dejaba amargar, había pergeñado. Pero ¡ay de tí! si estabas sentado en las filas pegadas a los tabiques, ahí sí que no tenías más defensa que un buen blindaje de la cabeza con brazos, manos, codos y todo aquello que pudiera amortiguar la lluvia de golpes que el fraile puesto al cien soltaba, olvidando por un momento ser digno discípulo del seráfico pacifista por antonomasia, el bueno de San Francisco. Todo un rito de autoprotección en tiempos escolares de "la letra con sangre entra".
 
En fin, acabo por esta ocasión. Saludos.
 
Luis Miguel


Recuerdos y testimonios de la década de: 1970

Recuerdos y testimonios de la década de: 1980

Yo fui feliz en Lecároz (a ratos) - 1985

En preparación

Yo sobreviví al 2º incendio de Lecároz - 1990
En preparación

Animaos a escribir vuestras experiencias, tanto firmadas como anónimas, enviar fotografías o comunicar cualquier testimonio de ausentes o fallecidos.
Este material se pondrá a disposición de la Asociación por si se crea un archivo del Colegio.
Yo espero que sea en las propias instalaciones de lo que se quiere derribar.



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